miércoles, 15 de noviembre de 2017

Aparente debilidad, gran fortaleza del anarquismo

El anarquismo, nos esforzamos en afirmar de forma pertinaz, no está muerto ni anuncia, afortunadamente, fecha de defunción. Es cierto que sus limites, en forma de 'movimiento' o cómo queramos denominarlo, son difusos y cuesta a veces reconocerlo y no claudicar o frustrarse en su peculiar universo, lastrado ante el empuje de ciertos condicionantes externos.

Sin embargo, ya sea en forma de propuestas políticas y éticas, ambas tan fusionadas, o como una filosofía existencial, tan sencilla y tan compleja como reza la máxima de "no dominar ni ser dominado", acabamos seducidos e ilusionados por unas ideas, que estamos seguros son la gran esperanza para la humanidad. Las únicas ideas que, en su praxis, no han acabado adaptadas a un mezquino entorno, como otras mutando y claudicando a la vez. Es, si se quiere, cierta paradoja: el movimiento que pretende y promueve el anarquismo supone también no cambiar en lo fundamental: un mundo libre y solidario pleno de autonomía. El anarquismo, o anarquismos, no es tampoco una utopía ni un bonito recuerdo propio de un museo, ya que su corpus histórico, en el que puede reflejarse su presente y su futuro mediante la continua creatividad y el rechazo de dogmas, supone una realidad social, política y cultural espectacular. No hay reduccionismo ni monopolio en las ideas libertarias, únicamente no existe colaboracionismo ni claudicación ante el poder y la dominación, propios de doctrinas cerradas y construidas de una vez para siempre. El anarquismo es una continua y permanente lucha por la libertad y la autonomía, aunque a veces como seres humanos condicionados y moldeados nos cueste un enorme esfuerzo reconocerlas.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Una dosis de nihilismo para el anarquismo

Los motivos por los que tantas personas se entregan a causas trascendentes (póngase aquí el término que se quiera, todos trasuntos de la vieja idea de Dios), ajenas en mi opinión a todo valor libertario, se nos antojan tan abstrusos como irritantes; por ello, tal vez el anarquismo necesite siempre de cierto nihilismo, la permanente reflexión crítica con los valores instituidos con el objeto de que germine un nuevo horizonte libertario.

Empecemos, una vez más, con que consideramos que el anarquismo no se reduce a ideología o doctrina alguna, y si así lo consideramos caemos en los viejos errores dogmáticos (autoritarios), quizá incluso de forma aún peor al adornarse con una retórica libertaria. Así, cada vez estoy más convencido de que las ideas libertarias necesitan de una buena dosis de nihilismo. Aunque haya quien, seguramente dogmáticos de diverso pelaje, insista en que  los nihilistas son seres sin ningún principio moral, ni de tipo alguno, que pretenden seguramente la mera destrucción de la civilización, de nuevo nos encontramos con visiones reduccionistas, superficiales o, directamente, falaces. El nihilismo, tal y como lo veo y sin entrar en densas disquisiciones filosóficas, no es casualidad que a veces se la haya confundido con un escepticismo radical, ya que se trata en mi opinión de la negación de que haya una esencia en la realidad humana. Así, puede entenderse como el rechazo de principios absolutos, lo que consideramos uno de los grandes males que ha llevado al enfrentamiento de la humanidad, y todo se encuentra en movimiento, poco o nada permanece en ese cambio.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Ni dioses ni amos, ni dogma alguno

Insistimos, una vez más y ante la realidad de toda colectividad humana, en la necesidad de negar toda verdad absoluta, caldo de cultivo para sectarismos y dogmatismos, que deberían ser ajenos a las ideas antiautoritarias; un pensamiento y unas prácticas, libres, que rechazen a nuevos dioses y amos, lo mismo que a cerradas doctrinas e ideologías.

Con cierta frecuencia, dentro del movimiento anarquista, se alude de modo crítico a personas dogmáticas, que en nombre de cierta "pureza" de las ideas se esfuerzan en señalar a todos aquellos que se aparten del buen camino de la futura sociedad libertaria. Como ya he dicho en otras ocasiones, me parece la del dogmatismo, o inclinación hacia pensar que se tienen ideas absolutas, algo que parece, si no inherente, sí una (peligrosa) tendencia del ser humano. Aunque creo que un poco hastiados del mismo, mencionaré de nuevo el proceso catalán como ejemplo de ello. Particularmente, lo he dejado claro en diversas entradas de este blog, toda proceso de "liberación nacional" es digno de crítica y rechazo por parte de unas ideas libertarias, que nada tienen que ver con cualquier proceso instituyente independentista. No incidiremos aquí, por demasiado sabidas, en las connotaciones políticas de términos como "independencia" y "nacionalismo". A pesar de ello, no puede negarse la realidad, las posturas dentro del movimiento anarquista han sido dispares respecto al proceso. Desde mi posición, y creo que la de muchos anarquistas, la creación de una república catalana no supone un mejor contexto para una sociedad libertaria, más bien al contrario al cimentar y legitimar más de lo mismo, un nuevo Estado. Por no hablar, del sistema económico, cuyas reglas del juego tendrían que ser aceptadas a la fuerza por el nuevo Estado y, ello, por muchos integrantes del Gobierno que se manifiesten anticapitalistas. Esta postura, en abstracto y en concreto, no me sitúa en ninguna ortodoxia libertaria ni nada por el estilo. Este caso que nos ocupa, resulta un buen ejemplo para reflexionar sobre el dogmatismo. Otra postura, parece que ha diferenciado entre una crítica intelectual, y purista (inmovilista, según las críticas), dentro del anarquismo y otra, más activa y supuestamente proclive al movimiento y la acción, que se lanza a luchar en la calle cuando es necesario (aunque, no sabemos si la reflexión libertaria se queda a veces por el camino). No insistiré en el reduccionismo, o abiertamente falacias, de dichas argumentaciones, que etiquetan con tanta facilidad. Tampoco me referiré más en este texto al proceso catalán, que creo que está dando sus últimas bocanadas dentro de la lógica (represiva, claro) de Estado.

domingo, 29 de octubre de 2017

La verdad revelada y la auténtica herejía

Los anarquistas sueñan con un mundo libre, solidario y sin fronteras. Por supuesto, detrás de tan simple exposición hay toda una filosofía de vida, incluso también política si se quiere ver así. A propósito de la, detestable, guerra de banderas que sufrimos en España en los últimos tiempos, surge una reflexión sobre lo que yo considero la actitud vital anarquista.

Esa actitud libertaria se basa en un rechazo abierto a todo dogmatismo, a una permanente evolución de la vida, personal y social, en aras de una mejora constante. No existen convicciones inamovibles, más allá de ese deseo de libertad personal, de desarrollo de nuestras mejores potencialidades, y de reconocimiento del mismo derecho en el otro. No es casualidad, que el anarquismo desde sus orígenes haya insistido en que la libertad de uno no se limita con la del otro, como se repite hasta la saciedad de un modo grotescamente vulgar en la sociedad actual, sino que la individual se completa cuando todos somos verdaderamente libres. El anarquismo, o los diferentes anarquismos, corren por supuesto el riesgo de esclerotizarse y convertirse en meras ideologías e incluso creencias dogmáticas, cuando olvidan esa inequívoca actitud ética libertaria: queremos la libertad, para todos, no solo para nosotros. No quiero, al menos en esta ocasión, entrar en sesudas disquisiciones filosóficas, por lo que tratemos resolver la cuestión del dogmatismo, o fundamentalismo (y es cierto, que todos tenemos "fundamentos" a los que agarrarnos) de esa manera ética de 'reconocimiento del otro'. Lo que sí me gustaría es señalar cómo la humanidad nos reiteramos consciente o inconscientemente en la creencia dogmática. Y lo hacemos, a un nivel vulgar o más o menos profundo, en diferentes ámbitos de la vida.

martes, 24 de octubre de 2017

Kropotkin y la ciencia moderna

A propósito del booktrailer de la reciente edición de La ciencia moderna y la anarquía, reproducido más abajo, recuperamos unos comentarios sobre uno de los libros más destacados de un autor indiscutible, tanto desde el punto de vista revolucionario, como científico.

Philippe Pelletier, en un imprescindible prólogo de esta edición, lanza la pregunta de qué puede aportarnos una obra sobre ciencia escrita hace más de un siglo. Piotr Kropotkin es, tal vez, de todos los pensadores anarquistas clásicos el que más fácilmente es tildado de cientifista y utópico, dos apelativos que quizá no casen bien. Sin embargo, disquisiciones posmodernas al margen, lo que se pasa por alto es que, aunque el mundo se haya transformado a ritmo vertiginoso en las últimas décadas, los debates planteados en la obra que nos ocupan siguen estado de plena actualidad. En su momento, y no es casualidad, el libro de Kropotkin molestó, tanto a la izquierda parlamentaria, como a la burguesía. En la actualidad, parece que la obra está recibiendo la atención y el valor que merece.
Kropotkin se esfuerza en armar al anarquismo con una ase científica sólida, gracias al estudio en profundidad de cómo funcionan las sociedades humanas; se trata de vincular la filosofía moderna de las ciencias naturales con las ideas libertarias, sin dejar de lado unos fundamentos firmes para la ética anarquista. Adelantémonos a las críticas, tal vez demasiado superficiales y prejuiciosas, y estudiemos bien a Kropotkin para comprender su legado. A pesar de que haya que contextualizar su pensamiento, dentro de una época con una confianza exacerbada en la ciencia y el progreso, hay que poner en cuestión igualmente nuestra propia posición preconcebida si de verdad queremos trabajar en aras de la emancipación humana.


Precisamente, si el anarquismo y la ciencia tienen algo en común es su continuo afán antidogmático. Las ideas libertarias no pueden identificarse con una mera ideología, ya que deben estar sujetas a una continua revisión, además de partir de la duda como principio primordial. Desde ese punto de vista, anarquismo y ciencia se encuentran en perfecta sintonía. Kropotkin, cuyo intención científica no puede ser puesta en duda, no pretende ser neutral en sus trabajos, los coloca en pleno campo de batalla político e ideológico; publica en todo tipo de revistas, científicas, divulgadoras y militantes, y da conferencias en cualquier lugar donde se encuentre. Kropotkin parece buscar una sistematización, trabajando en campos como la geografía, las ciencias naturales y la historia, e indagando en sus temas favoritos (el apoyo mutuo, la evolución, el federalismo, la ética…). En muchos momentos, parece entenderse que esa sistematización ha concluido, e incluso que su visión es reiterativa, pero los expertos en su obra nos recuerdan que cada uno de sus trabajos resulta un complemento que hace evolucionar el conjunto. La fidelidad a la base científica es innegable, si observamos que no termina de haber dogma alguno, ni pensamiento cerrado; la duda y el evolucionismo, así como la lógica aceptación por parte del propio Kropotkin de la incapacidad humana para comprender y asimilar  todo el conocimiento, hacen que así lo veamos. La ciencia moderna y la anarquía es una lectura primordial, desde cualquier punto de vista y para cualquier público, también para los propios libertarios si queremos comprender el importante legado de Kropotkin.


jueves, 19 de octubre de 2017

El viejo y nuevo internacionalismo

Las ideas anarquistas, a diferencia de otros corrientes socialistas, que en origen también fueron internacionalistas, nunca abandonó esa aspiración moral y política; la vía y el trabajo de los libertarios han estado siempre en la construcción de una libertad e igualdad, estrechamente vinculadas, junto a una hoy más necesaria que nunca fraternidad universal.

Como es sabido, en el siglo XIX el nacionalismo se identificaba con la emergente clase burguesa, mientras que el internacionalismo era propio de la clase trabajadora. Las cosas han cambiado, al menos en cómo se quieren ver las cosas, hasta el punto de que algunos han identificado el nacionalismo con la legítima aspiración de ciertos pueblos a liberarse de alguna opresión. Así, se ha querido vincular en algunos casos el patriotismo con una actitud más conservadora, en el sentido de querer conservar cierta tradición e incluso herencia familiar, mientras que el nacionalismo sí podría tener esa connotación emancipadora. Desde mi punto de vista, se trata de una falacia, ya que es una mera cuestión de matices lo de patriotismo o nacionalismo, ya que ambos, aunque pudieran tener una primera fase de legítima aspiración liberadora, no tardan en consolidar e instituir una nueva dominación política. Las ideas anarquistas, como parte de sus convicciones y de su filosofía social, y a pesar de nacer en la modernidad, es posible que hundan sus raíces en la Antigüedad con el cosmopolitismo de cínicos y estoicos, para a través de la herencia ilustrada aspirar a esas visión de la humanidad como un todo moral. El patriotismo, desde nuestro punto de vista, no deja de ser la consecuencia de un nacionalismo instituido, que a la fuerza supone la construcción de un Estado. Si la visión de la humanidad, se quiere ver tantas veces como el progreso hacia el moderno concepto de Estado-nación, el anarquismo aporta una alternativa histórica y social: la federación de pueblos libres, donde se respetan por supuesto costumbres y lenguas diversas, pero se trabaja por afinidades y aspiraciones comunes. La antigua, y esperemos que nueva, fraternidad universal, basada en la solidaridad y la libre asociación, así como en la expansión de la cultura, desde lo local a lo global.

sábado, 14 de octubre de 2017

Tierra de nadie o tierra de todos

Una vez más, tenemos que hablar del proceso independentista en Cataluña, que además de encubrir problemas sociales y económicos, tan graves hoy como ayer, y para gusto de las clases dominantes, supone una mistificación política fundada en universos míticos patrioteros de uno u otro pelaje.

El título de esta entrada alude a un texto de Laura Vicente, aparentemente desesperanzador, con el que no podemos más que empatizar y suscribir al máximo. El proceso de independencia en Cataluña ha seducido a movimientos que se dicen revolucionarios, incluida una parte del anarquismo. Acudimos también, honestidad obliga, a la primera de las perplejidades de Tomás Ibáñez sobre los cambios ocurridos en tierras catalanas: si en el año que se originó en 15-M, un movimiento transformador cuestionaba las instituciones, no mucho tiempo después gran parte de él parece apuntalarlas, directa o indirectamente, incluidas sus fuerzas de seguridad (los temibles mossos). Por supuesto, podemos entender perfectamente el hartazgo de muchos sobre el Estado español, que además de adoptar la forma de una anacrónica monarquía, es tan represor como cualquier otro, monopoliza la violencia (uno de los padres de la sociología, Max Weber, nada sospechoso de ácrata, dixit), recorta derechos sociales y, para postre, es eminentemente corrupto. Por supuesto, rasgos que caracterizan también al Guvern catalán. A pesar de ello, insistimos, podemos entender que haya personas que preferirían vivir en una república catalana, pensando tal vez que suponga cierta transformación social, en lugar de en un aparentemente vetusto reino español. Recordaremos, por supuesto, que ambas son formas de un Estado, sin un contenido ideológico social determinado alguno, y que se encuentran obligadas a adoptar la lógica del mundo en que vivimos, dividido en fronteras, basado en la organización política del Estado-nación. Estas formas políticas están muy subordinadas, o más bien fusionadas en muchos aspectos, al sistema económico globalizado: el capitalismo. No hay que aclarar que, como antiautoritarios, solo podemos oponernos a toda forma de autoridad coercitiva, política o económica.